Impronta de las culturas andinas y europea en el diseño de Mendoza

Foto_RGP_Horacio_CangelosiMendoza - Argentina
20 de Agosto de 2010

Los mendocinos hemos desarrollado, desde nuestros orígenes como Ciudad, diversas y significativas transformaciones urbano-ambientales que han ido modelando una original escena eco-social. Hemos generado particulares y efectivos patrones de organización de la vida asociada, sus formas de relación y los mecanismos de sostén que le son necesarios para su sustentabilidad. Por ello, nuestro modelo urbano vigente es un singu­lar ejemplo de interacciones entre el hombre, su cultura y aquella naturaleza material, energética e informacional que la contiene.
Pero sobretodo, en esas numerosas interacciones, tenemos el sello indeleble de la convergencia de distintas culturas: Andinas y Europea (que transmite también con ella conceptos y elementos de Oriente), que van a plasmarse en el diseño y materialización de la Ciudad de Mendoza. Resultantes que en el modelado de la historia de nuestro ambiente urbano y las diversas construcciones humanas, le dan su contenido, tanto en el ámbito de lo estrictamente citadino como en el entorno rural que lo sustenta.
Esa impronta es precisamente la concreción, la síntesis, de un legado histórico multicultural, tal como lo identifica el Dr. David Juan Ferriz Olivares: “El compromiso del hombre con la misión que le otorga su destreza, compromiso espiritual y cultural, amalgamado, ha sido el realizador de una buena parte de su evolución, y sustentado en el Maestre Dr. Serge Raynaud  de la Ferrière cuando hace suyo el criterio de que “saber hacer productivo aquello que uno ha asimilado, he ahí el secreto de la verdadera cultura”. Precisamente, en este crisol cultural, hemos asistido a grandes realizaciones, de esfuerzos sostenidos, de hacedores visionarios que, trascendiendo la pequeñez de sus ámbitos cotidianos, de sus círculos más próximos, y de las condiciones limitantes de su propio tiempo, han generado obras para el bien social, para el mejoramiento efectivo de la calidad de vida  colectiva.
Esta sorprendente Ciudad-Oasis: Mendoza, vanguardia del urbanismo en zonas áridas a nivel mundial, nacida de la montaña, crecida en el desierto, en el viento y en la tierra fiera, y criada por las acequias, regala vida bajo una arboleda. Su historia se caracteriza por una evolu­ción basada en su sociabilidad creciente y una especial vocación por la convivencia en los espacios exteriores, en un continuum cultural resultado de la amalgama de la lucha y el traba­jo creador del hombre - nativo, andino, europeo, criollo, y generaciones de mendocinos - que superó los impedimentos de un paisaje natural semidesértico y de un ambiente muy especial y delicado. Ese hombre, comprometido y arraigado con su medio, pudo atenuar y equilibrar paulatinamente esas condiciones naturales adversas. Utilizando elementos que le dan a nuestro paisaje características únicas, ideales para el confort y la salud humana como completo bienestar físico, mental y social.
Elementos que comienzan con la incorporación de tecnologías hídricas (canales, acequias, diques, estanques, etc.) que incorporan primitivamente los Huarpes, que luego optimizarán y desarrollarán con mayor destreza, saber y experticia los Incas, que posteriormente en la época colonial multiplicarán los españoles, con la Independencia los criollos seguirán su ejemplo, y se acrecentarán de la mano de nuevos europeos inmigrantes (españoles, italianos, franceses, etc.), capaces de transformar este feroz y hostil desierto en un vergel, un verdadero oasis de vida. Porque el agua es símbolo de Mendoza, también presente en sus diversas fuentes ornamentales y saludablemente humectantes en plazas, parques y paseos públicos, denotando la influencia desde las fuentes y canales de los pueblos andinos al paisajismo francés, inglés e italiano, como también de los antecedentes árabes en tierras españolas.
La agricultura, base  sustancial del sostenimiento alimentario y económico de Mendoza, es otro elemento distintivo de esta convergencia, ya que su desarrollo marcará, junto con la provisión de agua, la evolución del oasis y posibilitará en él el crecimiento de la Ciudad. Cuando los conquistadores españoles plantaron bandera en este “País de arenas” (Cullún) abundaban los maíces de buen grano, los zapallos de pasta firme y sustanciosa, las papas, los porotos, y los muy nutritivos quinua y amaranto, productos importados en su mayoría por el Tawantinsuyu.  Asombrados aquellos primeros colonos europeos,  ante tanto verde y alimento producido en aquella tierra que, en realidad, debería ser yerma. Pero es que los Incas habían transferido sus ricos conocimientos en el manejo del agua, y en eficientes formas de fertilización de suelos desérticos andinos y pre-andinos.
Apoderados ya de aquellos asentamientos, en 1561, comenzó el impulso de la experiencia urbana  de corte europeo (en nuestro caso inspirada en las ciudades de regiones desérticas del sur de España o del norte de África), y la implantación de las ciudades implicó cambios sustanciales en los modos de vida, no sólo de los locales, sino también de los propios españoles  que arribaron. Y con ellos ingresaron la vid, el olivo, múltiples frutales, hortalizas, cereales y legumbres, etc., que conformarían un amplio espectro de producción agrícola a través del tiempo.
Mendoza también es sinónimo de árboles, traídos inicialmente por españoles, dispuestos por primera vez para conformar nuestro primer paseo verde público: La Alameda, por José de San Martín cuando era Gobernador-Intendente de Cuyo, inspirado en los paseos españoles, franceses e ingleses que conociera en su juventud en Europa. Árboles que tomarán mayor protagonismo urbano en el modelo post-terremoto de 1861, gestado por el francés Julio Ballofet, inspirado en el modelo sanitarista parisino de mediados de siglo XIX, donde aparecen las acequias urbanas en los perímetros de las manzanas para regadío de los forestales, y un sistema de espacios de protección ante  el sismo, materializado en avenidas y calles anchas, y un sistema de una gran plaza central y 4 plazas satélites. Pero este sistema de bosque urbano, que también lo es de canales y acequias imprescindibles para su riego; de fuentes y lagos que humectan su aire a partir de la evaporación de sus aguas; y de espacios verdes abiertos y acondicionados para la recreación y la cultura, alcanzará su climax con el modelo Ecológico-Sanitarista de auténtica sustentabilidad urbana en la ideación del argentino Dr. Emilio Salas y el Arquitecto francés Carlos Thays, que comenzará a plasmarse a fines del siglo XIX, logrando su apogeo hasta mediados del siglo XX.
Árboles que representan el mejoramiento de la calidad del ambiente urbano, en razón a una mayor y mejor oxigenación, al: filtrado del polvo y otras partículas transportadas por el aire; la protección contra el viento; la regulación del clima urbano, proporcionando sombra y regulando los índices de humedad y temperatura; la multiplicación de las brisas tan escasas y necesarias; la absorción de la luz y el calor que reflejan los edificios y los pavimentos; la atenuación de los ruidos; una importante ionización negativa de la atmósfera urbana, el embellecimiento del paisaje, a partir de su variedad de tamaños, colores, formas, texturas y olores. Y que tendrá al Parque Gral. San Martín, de fuerte inspiración en el paisajismo francés, inglés e italiano, como emblema y pulmón de un sistema de ecoeficiente acondicionamiento, confort y salubridad de la Ciudad Oasis.
Así, a través de todos estos siglos de historia urbana-ambiental, este diálogo entre culturas ha sido capaz de materializar en Mendoza un ejemplo concreto y exitoso, de qué resultados puede prodigar la multidiversidad de saberes convergentes, tan bien expresado por el Maestre Dr. David Juan Ferriz Olivares: “Sí, digamos, primero que todo, que cultura es visión de vida. A mayor cultura, mayor visión de vida”.